10 may 2026

Situación actual de la terapia de la conducta [Terapia Cognitivo-Conductual]

La terapia de conducta (TC), conocida en las últimas décadas como terapia cognitivo-conductual, es el resultado de un proceso histórico continuo de desarrollo científico que se inicia a comienzos del siglo XX con John B. Watson y llega hasta la actualidad. Desde las primeras aplicaciones de la modificación de conducta hasta la formulación de las terapias de conducta de tercera generación o terapias contextuales, este enfoque ha ido ampliando y refinando sus fundamentos teóricos y empíricos. No obstante, este desarrollo debe entenderse más como una evolución acumulativa que como una sucesión de rupturas paradigmáticas, manteniéndose intactos los principios básicos del análisis de la conducta. En la siguiente entrada comenzamos a abordar la situación actual de esta disciplina.


Situación actual de la terapia de la conducta [Terapia Cognitivo-Conductual]

La evolución de la terapia de conducta ha estado marcada por un progresivo enriquecimiento conceptual que no ha supuesto una transformación radical de sus fundamentos. Tal como señalan Hayes y col. (1988), el contextualismo funcional que sustenta intervenciones como la terapia de aceptación y compromiso no constituye una innovación disruptiva, sino una continuidad coherente con el análisis de la conducta. En esta misma línea, no se han producido aportaciones teóricas o empíricas que hayan cuestionado de forma sustancial los principios nucleares de la terapia de conducta (Leahy y Martell, 2021), sino más bien relecturas que han puesto el énfasis en determinados aspectos ya presentes en su tradición.

Uno de estos aspectos ha sido la importancia otorgada a los procesos cognitivos. Aunque autores como Beck contribuyeron decisivamente a visibilizar lo cognitivo en psicoterapia, estos procesos nunca estuvieron ausentes del marco conductual, en tanto que pueden entenderse como respuestas, antecedentes o consecuencias del comportamiento. Incluso desde el conductismo mediacional, los esquemas cognitivos se concibieron como constructos que median la relación funcional entre contexto y conducta. Eysenck (1993) ya advirtió que la denominación “terapia cognitivo-conductual” resultaba redundante, dado que lo cognitivo forma parte del comportamiento. En este sentido, solo es legítimo afirmar que un pensamiento causa una conducta cuando se demuestra empíricamente su función antecedente específica, evitando confundir el contenido cognitivo con su papel funcional. Como subraya Emmelkamp (1994), los procedimientos cognitivos y conductuales comparten técnicas y supuestos, utilizándose mutuamente de forma implícita o explícita.

Otro aspecto relevante del desarrollo histórico ha sido la oscilación entre enfoques más normativos y grupales y la atención al análisis funcional individualizado y al contexto particular del sujeto. Aunque este énfasis se vio atenuado en ciertos momentos, ha sido recuperado por propuestas contemporáneas como la terapia de conducta dialéctica. Asimismo, las terapias contextuales han reformulado los procesos cognitivos desde una perspectiva centrada en el lenguaje, especialmente a través de la teoría de los marcos relacionales. Conceptos clásicos de la terapia cognitiva, como el distanciamiento cognitivo (Beck, 1976), han sido reinterpretados bajo nociones como la defusión, manteniendo una funcionalidad clínica similar.

La situación actual de la terapia de conducta también pone de manifiesto determinadas inconsistencias conceptuales y prácticas. Una de ellas es la confusión entre el descubrimiento individual y el descubrimiento científico, que ha llevado a presentar como innovaciones elementos que siempre han formado parte del marco conductual. Otra inconsistencia se observa en la distancia entre los fundamentos teóricos y la práctica clínica. Aunque se reconoce el valor adaptativo del miedo, la ansiedad o el estrés, el discurso terapéutico dominante sigue transmitiendo mensajes centrados en el control, la reducción o la eliminación del malestar. Esta incongruencia modifica de manera significativa la intervención, al promover implícitamente la idea de que dichas experiencias deben desaparecer, en lugar de facilitar estrategias de adaptación y afrontamiento funcional.

En definitiva, la situación actual de la terapia de conducta se caracteriza por una evolución histórica continua que ha enriquecido sus formulaciones teóricas y técnicas sin alterar sus fundamentos esenciales. Lejos de rupturas revolucionarias, los desarrollos contemporáneos, incluidas las terapias contextuales, representan una profundización y reformulación de principios ya presentes en el análisis de la conducta. No obstante, persisten inconsistencias tanto en la interpretación de sus aportaciones teóricas como en la coherencia entre teoría y práctica clínica. Reconocer estas tensiones resulta fundamental para una aplicación rigurosa de la terapia de conducta, evitando falsas promesas y manteniendo una intervención centrada en la funcionalidad, la adaptación y el contexto del individuo.


Bibliografía: Pérez Álvarez, M. (2023). Caracterización de la Intervención clínica en terapia de conducta. En M. A. Vallejo y M.F Rodríguez (coord.), Lecciones de terapia de conducta (pp 22-49). Dykinson.


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